
Presidentes, ministros y sus doctrinas de izquierda o derecha. Una democracia maltratada y desaprovechada.
Dos décadas y un lustro no son poca cosa a la hora de hacer un balance de tiempo que lleva la democracia en nuestro país. En estos años han pasado diversas carreras políticas, campañas presidenciales, jefes de Estado, ministros y legisladores. Sin embargo, la promesa principal, esa que alguna vez se juramentó en 1983 y que fue construir un país “libre para todos”, sigue sin aparecer. Cuando el régimen militar le devolvió a la población la oportunidad de votar, el pueblo se alzó en un grito festivo que coronó a Raúl Alfonsín como primer presidente post período de las Fuerzas Armadas en el Ejecutivo. La reapertura del Congreso, el Juicio a las Juntas, informes sobre desaparecidos, balances sobre deuda externa y libre expresión, fueron las principales premisas de un futuro sincronizado para nuestro territorio.
Hoy, 25 años después, Argentina padece ilusiones que jamás llegaron a buen puerto. El hambre y la desocupación invadió y carcomió a las familias de clase baja. Las privatizaciones y expulsiones de obreros y empleados se reproducen por doquier, al tiempo que la deuda externa se incrementó a la par del riesgo país y los enfrentamientos entre policías y delincuentes en plena vía pública están a la orden del día. Recesiones y encautamientos de ahorros del pueblo formaron parte del nefasto currículum democrático, un penoso presente que viene de arrastre y que ni la “comida, la cura y la educación” pudieron subsanar.
Alfonsín, el primer hombre en recibir la banda presidencial de manos del militar Bignone, fue una persona que se hizo cargo de una avalancha de sucesos. Pero Alfonsín, como todo político, tuvo sus pro y sus contras. Falló en su gestión a cargo del Ejecutivo, falló en su rol de legislador años después con el Gobierno de la Alianza, y falló al acceder al Pacto de Olivos que consumó la reforma de la Constitución. Cometieron errores garrafales los gobiernos que lo sucedieron, haciéndonos creer que vivíamos en el primer mundo, saqueando nuestra tierra, queriendo demostrar carácter cuando no había neuronas para razonar, demostrando inoperancia en la Rosada y haciéndole creer al pueblo que las estadísticas prioritarias se encaminaban (o se encaminan) viento en popa.
Es cierto, quizás lo que se festeje es el hecho de recuperar la libertad de expresión y el derecho a decidir quienes gobernaran nuestro suelo. También es verídico que existe el derecho a reclamar, manifestarse y una Constitución que prevé normas y leyes a cumplirse. Lo lamentable es que los poderes de turno hacen su propia Carta Magna, burlándose de la Constitución, utilizando el Congreso como registro de firmas a ciegas, desoyendo voluntades populares y escudándose en políticas democráticas cuando la realidad los enfoca en un rol plenamente dictatorial.
No en vano tenemos el país que tenemos. Viva la democracia y la libertad, esas palabras que festejamos pero que aún hoy no conocemos en profundidad.
