FRAGMENTO DE LIBRO – CAPÍTULO 1

En ésta particular columna, donde lo que se destaca es una redacción o información profunda plasmada en las páginas de los libros latinoamericanos, citaremos el siguiente fragmento del escritor uruguayo Eduardo Galeano, quien redactó como ningún otro en la década del 70 el saqueo de las tierras de América a manos de los europeos colonizadores de siglos pasados.
JOSUÉ DE CASTRO DECLARA: <<YO, QUE HE RECIBIDO UN PREMIO INTERNACIONAL DE LA PAZ, PIENSO QUE, INFELIZMENTE, NO HAY OTRA SOLUCIÓN QUE LA VIOLENCIA PARA AMÉRICA LATINA>> {…} CADA MINUTO MUERE UN NIÑO DE ENFERMEDAD O DE HAMBRE, PERO EN EL AÑO 2000 HABRÁ SEISCIENTOS CINCUENTA MILLONES DE LATINOAMERICANOS Y LA MITAD TENDRÁ MENOS DE QUINCE AÑOS DE EDAD: UNA BOMBA DE TIEMPO.
(Las Venas Abiertas de América Latina – 1971 – Editorial Catálogos)
SOLEDAD

Sentirse solo es la peor de las decepciones que un ser humano puede sufrir. El hecho de no tener el cobijo necesario para la protección del propio ser simboliza un hecho, cuanto menos, detestable. Por nuestra condición de “seres sociales” que se abrazan a la compañía, sentirse solo es como perecer lentamente, sin tiempo ni lugar, sin expectativas ni ayuda de terceros.
Muchos seres se sienten solos. Algunos se sienten de ésta manera y no piden colaboración, otros tal vez se resisten a la idea de encontrarse solos, reinventándose los unos a los otros vía actividades que no tienen que ver con la relación social. Otros, en cambio, no percibieron de la soledad que los aqueja y continúan rodeándose de personas que, lejos de hacerles bien a sí mismos y a sus almas, prefieren seguir eligiéndolas como apoyo moral o psicológico de “única o última opción”.
Ante la pregunta si los seres humanos pueden subsistir solos, cae por decantación la contestación de que “no”. Hasta el hombre más egocéntrico, el “yo sólo a mí me amo”, el que todo lo puede y el que si no lo puede trata de ingeniárselas, todos pero todos los mortales son rehenes de sus propias naturalezas: la vida en comunidad. No existiría entonces la familia, la primera institución social; por ende no existiría el amor, ese sentimiento puro que nace al considerar la vida de un color fortuito y necesariamente rodeada de otros.
Ahora bien: ¿Cómo se explica entonces que hay personas que emprenden todas sus vidas viajes lejos de casa, desconectándose de los sentimientos familiares, haciéndose odiar para permanecer alejados de la compañía? Seguramente serán esas personas las que, en su seno íntimo (una habitación de hotel con una lámpara y varios libros o botellas) alienan su desgastada alma en busca de respaldo material y no humano. Todos, absolutamente todos necesitan una pizca de compañía, un consuelo ajeno, un consejo en el momento justo en el lugar indicado, un beso o una mirada.
El mundo sentimental necesita de lo que los filósofos griegos denominaron “alteridad”, una relación bienvenida con el otro para fomentar el crecimiento de la comunidad, del prójimo y, justamente, de uno mismo.
DIEZ AÑOS DE SOLEDAD

Final de año en la Argentina dejó de ser lo mismo desde aquél “frío” 21 de diciembre de 2001.
Ha pasado una década y, sin embargo, las memorias del horror quedaron aún intactas en el común denominador de la población. Es que, tal si fuese una obra de terror macabra, el Presidente que había asumido en 1999 para salvar al país de la irrisoria y devastadora campaña de aniquilación patriota del menemismo, culminó siendo una despreciable figura mediática devorada por la creciente demanda social, el hambre de un pueblo en llamas y, sobre todo, su propia impericia para gestionar.
Acosado por los medios, apesadumbrado por las noches de insomnio y con menos lucidez que nunca, Fernando De La Rúa, “Chupete” en su seno íntimo, se vio sobrepasado en su rol de Jefe Supremo de la Nación, claudicando así a todos los derechos que la democracia le confirió cuando, dos años antes de su marchita partida, un “señor” apodado “Carlitos” le pasó mucho más que un bastón y una banda de poder; le traspasó la responsabilidad de diez años de pura fiesta, encubrimientos políticos, vaciamientos desmedidos y, para coronar la frutilla del postre y la cereza del helado, un país donde ni siquiera el zoológico pertenecía a manos nacionales.
“Chupete” olfateó que algo venía torcido ya desde su asunción. Ni bien llegó a Casa Rosada, se encontró con más de 150 decretos presidenciales que había firmado Menem en su último día de mandato. Con el corazón caliente y la cabeza fría, De La Rúa revisó uno por uno, como un entusiasta de la política, como un personaje que llega a donde llegó por el apoyo masivo de un pueblo sediento de que alguna vez en la historia contemporánea argentina, existiera una “real equidad” entre los miembros de la sociedad. Fue así como las expectativas se comieron a Fernando, lo redujeron a ser tan sólo un ente caminante de Olivos y le hicieron ver de una vez por todas a un pueblo cuán peligroso puede llegar a ser la verdad cruda cuando a tiempo no existe la defensoría de los derechos ciudadanos que nadie puso freno en la denostada y ciertamente vulgar “década de los noventa”.
“De La Rúa no se fue por represivo, se fue por inútil“, sentenció el ex Gobernador de Buenos Aires, el doctor Eduardo Duhalde, tiempo después de la ida de Fernando. Fue el mismísimo Duhalde quien, meses previos al necesario y fatal hundimiento del Titanic radical, vaticinó que “de no revertir la situación existente, el gobierno no terminaría en buenos términos”. Su frase, popular por cierto, veía la luz en aquellos programas amarillistas que emitían los canales en los cuales se les permitía a sus periodistas exponer el testimonio de lo que Don Arturo Jauretche denominaría “cualquier vende patria”. Justamente en esos estudios, donde las palabras de los mismos que sabotearon al país eran en aquél 2001 “palabra santa”, se pudo escuchar a Carlos Menem defenestrar a quien sería uno de los reemplazantes de De La Rúa, el inefable Adolfo Rodríguez Sáa, personaje que denunció públicamente extorsiones por parte de Duhalde y que, posteriormente, se transformó en socio político de “Carlitos”.
“Voces sólo voces como eco, como atroces chistes sin gracia; hace mucho tiempo escucho voces y ni una palabra“, rezaba un fragmento del exitoso tema de la banda Callejeros. No es casual traer al texto esta canción en puntual, ya que, analizándola con cautela, podremos observar que cada palabra de aquél tema podía relacionarse con el pasado nuestro, el de nuestra Argentina, el de la Argentina de 2001. El deber periodístico nos llama a la hora de armar un texto, razón por la cual sería carente de objetividad del redactor de ésta nota no aclarar que, aunque parezca tragicómico, Eduardo Duhalde le puso el certificado de defunción al plan Convertibilidad del menemismo/radicalismo y emprendió el camino del “salvataje” económico que vería su veranito feliz encaminado por el Ministro de Economía Lavagna y la astucia de Néstor Carlos Kirchner, el “chirolita de Duhalde” según el periodista Mariano Grondona, el hombre del sur del país que llegó cabeza gacha en 2003 a la presidencia y que se fue del mundo en 2010 coronado entre honores, críticas y emociones; pero que sobre todas las cosas le devolvió al suelo nacional algo que se había perdido: política, militancia popular, ganas de soñar y un terreno para crecer.
Pasaron diez años, muchos han quedado en el camino. Los demonios sobrevuelan Plaza de Mayo en cada diciembre. Seguramente los libros de historia contemplarán la ida del radicalismo de Casa Rosada como el tiempo donde “el pueblo pidió que se vayan todos”, donde “la peor crisis económica nacional tocó las puertas de las casas y acabó con la fiesta para unos pocos”.
FABIAN GRILLO (fabiangrillo@hotmail.com.ar)
BOCA Y SU ESTRELLA OFICIAL NÚMERO 43

Sin brillar, sin lucir, con un Juan Román Riquelme en un estado físico de medio pelo; sin Palermo, el máximo goleador de la institución que se despidió del mundo del deporte antes del inicio del certamen y con tres años de sequía en materia de títulos, el Boca de Julio Falcioni dio la vuelta olímpica número 24 a nivel local. El elenco xeneize se impuso a todas sus contras, infló el pecho de candidato y consolidó a Orión debajo de los tres palos, afianzó a Ervitti como socio lírico de Rivero y conjugó la fortaleza defensiva del inmortal Rolando Schiavi con la capacidad goleadora de Cvitanich, el ex Banfield que llegó al club para ser figura.
La azul y oro que alguna vez vistió Angel Clemente Rojas cosechó una nueva estrella jugando en La Bombonera y ante su público. La entidad que alguna vez supo tener entre sus filas a gloriosos de la talla de Maradona, Batistuta y Caniggia se dio el lujo de gozar al compás de un DT que, criticado terriblemente durante las primeras fechas del certamen, le ganó la pulseada a quienes lo defenestraron y dudaron de su condición de entrenador. Los ojos llenos de lágrimas de los hinchas de la azul y oro demostraron cuánta locura se vivió el domingo 4 de diciembre de 2011 en el barrio de La Boca. Los aplausos a un campeón merecido aturdieron la tarde del mismísimo fin de semana en el que el clásico rival del xeneize cayó en la segunda división del fútbol argentino nada más y nada menos que ante otro Boca, pero esta vez el de Corrientes. Crealo o no: la broma macabra del destino le dio a Boca la chance de festejar ser el mejor de Argentina; mientras que a River el desconsuelo de las bromas infinitas.
Vale la pena destacar que, posiblemente, éste Boca campeón no será recordado dentro de cien años como un conjunto de hombres que descorchaban fútbol champagne; aunque es ineludible que los jugadores que lograron dicha conquista guardarán en lo más profundo de sus sentimientos un orgullo que trascenderá fronteras: haber gritado “campeón” en un año donde el club se jugaba la continuidad presidencial de un modelo o el cambio por otro, lidiando también con la profunda crisis de mandato que sufre “La 12″, la barrabrava del fútbol boquense.
Felicitaciones Boca, un club que se abraza a su estrella 43, la que lo ubica por encima del resto en las vitrinas de títulos nacionales e internacionales dentro del fútbol argentino.
- SHOW DE TÍTULOS BOQUENSE-
Desde 1931, año en el cual el fútbol argentino se tornó oficial y esta locura mediática/pasional se ganó el corazón del hincha domingo tras domingo, el Club Atlético Boca Juniors conquistó 43 lujosas estrellas que superan por cinco títulos de diferencia a su eterno rival, River Plate, ganador de 38, escoltado por Independiente, con 30. He aquí la breve reseña de las vueltas olímpicas xeneizes, al son de Tridente Ofensivo.
TORNEOS LOCALES
- 24 (Veinticuatro) -> El último de ellos, exceptuando el Apertura 2011, se logró en 2008 de la mano de Carlos Ischia y, valla paradoja, con Palermo lesionado y un Viatri goleador. Hubo consagraciones locales históricas como las de 1992, cortando la malaria de diez años, en un equipo dirigido por el uruguayo Tabárez y comandado dentro del campo de juego por Alberto Marsico. Hay que citar las alegrías de 2005 y 2006 con Basile, no dejando de lado los festejos de 1931, en el primer certamen oficial organizado por la AFA y resaltando además el bicampeonato logrado con el invicto de 40 partidos de la mano de Carlos Bianchi, “Virrey” de La Boca.
COPAS INTERNACIONALES
- 18 (Dieciocho) -> Muchas de ellas logradas en la década que abarcó los años 2000 a 2010. Las primeras conquistas fueron en los años 70, con el equipo de Lorenzo y sus vueltas olímpicas a nivel mundial en Alemania y latinoamericanas frente al Cruzeiro y Deportivo Cali. Llegaron la Supercopa de 1989, la Recopa, las Copas de Oro y Masters de Supercopa de las décadas del 90 y, la frutilla del postre, la cereza del helado: las eras Bianchi y Basile.
TÍTULOS OFICIALES ADICIONALES
- 1 (Uno) -> Fue nada más y nada menos la Copa Argentina de 1969, derrotando en la final del certamen a Atlanta. Aquél equipo era dirigido por Alfredo Di Steffano y tenía figuras tales como Roma, Marzolini, Madurga y Rattín, entre otros. Un título que por aquellos años no se festejó en demasía, aunque hoy en día y con la decisión de la AFA de reinsertar dicho certamen en la agenda futbolera, cobra vigencia más que nunca.
SÓLO LE FALTÓ ESTAR EN “BAILANDO POR UN SUEÑO”

Cayetano Santos Godino no era un joven de quince años común y corriente; bah, al menos lo que puede llamársele un ser humano dentro de los parámetros racionales de la lógica humana. Nacido en 1896, hijo de inmigrantes, pesadilla para su familia, se transformó en uno de los “criminales” más recordados de los antecedentes penales a nivel nacional. El sujeto protagonista de éste texto no fue popular por ganar la lotería ni por obtener el Premio Nobel de la Paz. Todo lo contrario: se forjó su nefasta fama a base de asesinatos, cometidos entre los años 1911 y 1914.
Los crímenes del “Petiso orejudo” no fueron, como quien dice, “moco de pavo”, ya que se cobraron la vida de niños carentes de defensas. De hecho: Godino perpetuaba sus cometidos prendiendo fuego a sus víctimas o quitándoles la vida a piedrazos. Según la información que se pudo recopilar en el archivo de la revista “Caras y Caretas”, la “bestia sin remedio” (así lo denominaron por aquellos días) arrastraba maltrato por parte de su padre y su hermano mayor.
Fueron épocas donde los Derechos Humanos no cobraban la notoria trascendencia que tienen hoy en día, motivo por el cual Godino no fue fusilado bajo pena de muerte tan sólo por ser menor de edad. El cuento real no termina aquí, ya que se lo tildó de “bestia indomable”, “asesino implacable y merecedor de los peores castigos” y, aunque usted no pueda creerlo, también se pensó en la idea de exhibirlo en un zoológico. Nuestro personaje estuvo preso en el penal de Ushuaia cuando llegó a la adultez, llevando consigo conflictos a la cárcel, puesto que su instinto devastador lo arrastró a matar a las mascotas de los otros integrantes del pabellón.
Aún queda un datito más de color que vale la pena resaltar, ya que el ”Petiso orejudo” no se divertía con PlayStation o Facebook: su hobbie era prenderle fuego a las casas de sus vecinos. “Me gusta ver a los bomberos“, sentenció el joven criminal quien, más allá de haber significado una amenaza para los chicos de su barrio, simbolizó también un piromaníaco por excelencia.
Falleció en 1944, informando el parte médico de la prisión que fue producto de una hemorragia interna generada por gastritis; sin embargo, nunca nadie pudo alejar los rumores de las malas lenguas que afirmaban que “El Petiso” fue víctima de una paliza ejemplar por parte del resto de los presidiarios.
POR FABIÁN GRILLO (fabiangrillo@hotmail.com.ar)
¿TE ACORDÁS HERMANO?

Este característico repaso por archivos nacionales e internacionales busca reflejar lo que ocurría en la edición de la revista ”El Gráfico” del 7 de noviembre de 2000, hace ya una década.
¿De qué cuadro sos? El título de la columna que destacaremos a continuación hacía alusión a Carlos Bianchi, el Virrey, el hombre multicampeón como DT de Boca Juniors. Sorpresiva y reveladora, en la nota de biblioteca el ídolo de la parcialidad xeneize vomitó su verdad y sacó a la luz un rumor que rondaba por los pasillos del mundo futbolero: en sus tiempos de niñez era “hincha de River”. Sí, así como lo leyó, Carlitos le tenía aprecio a la banda roja; sin embargo y por paradoja del destino, su carrera como entrenador le depararía ser una figura imborrable en la memoria de los fanáticos de la azul y oro.
En tanto, además de publicar terrible confesión, los editores decidieron adjuntar a la revista un textual de Bianchi, quien enfatizaba que en 1968, tras un gol suyo que derrocó los 743 minutos de valla invicta por parte del arquero riverplatense Amadeo Carrizo, el ex técnico de Boca y de Vélez no pudo contener sus lágrimas al entrar al vestuario. Sin dudas, una edición para guardar, para repasar de tanto en tanto si usted es de aquellos nostálgicos, o para dejarla archivada para siempre si es hincha de Boca.